Antes de convertirse en jueza, Verónica Galván fue una niña que creció entre los campos agrícolas de Washington y las calles de Chihuahua, México. Una hija que vio cómo la deportación de su padre afectó a su familia y una joven que encontró en su madre, su abuela y su bisabuela ejemplos de fortaleza, independencia y perseverancia.
Nació en Bremerton, Washington, y fue la primera persona de su familia en graduarse de la universidad. Hoy, después de décadas de trayectoria judicial, habla con orgullo de sus raíces mexicanas, de las mujeres que la formaron y de una historia familiar marcada por sacrificios, migración y oportunidades que no todas las generaciones tuvieron.
Durante una entrevista con Latino Herald, realizada en el Centro de Justicia para Niños y Familias Patricia H. Clark del condado King, Galván compartió recuerdos de su infancia, habló de sus hijos, de sus amistades de toda la vida y de las pequeñas cosas que disfruta cuando termina una jornada complicada.

Una infancia entre Chihuahua y Washington
La niñez de Verónica Galván transcurrió entre dos países. Su padre era originario de Chihuahua y su madre pertenecía a una familia de raíces mexicanas establecida en Estados Unidos desde varias generaciones atrás.
Durante sus primeros años, la familia alternaba su residencia entre Washington y México. Pasaban aproximadamente un año en Estados Unidos y otro en Chihuahua, una dinámica que mantuvieron hasta que ella cumplió 14 años.
Creció en Washington, en el valle de Yakima, donde su padre trabajaba recogiendo fruta en los campos agrícolas. También vivió en Toppenish y posteriormente en Pasco.

Galván es la mayor de tres hermanos. Su hermana y su hermano son nueve y catorce años menores que ella, respectivamente. Esa diferencia de edad significó que desde adolescente asumiera parte de su cuidado.
Recordó que, durante los veranos, sus padres salían a trabajar alrededor de las cinco de la mañana y ella permanecía con sus hermanos hasta que regresaban al final de la tarde.
Pero su infancia y juventud también estuvieron marcadas por momentos difíciles. Su padre enfrentó problemas con el sistema legal estadounidense y fue deportado. Posteriormente regresó al país, enfrentó nuevos cargos federales y volvió a ser expulsado.
Según relató, la familia buscó asistencia legal, pero no recibió la orientación que necesitaba. Años después descubrió que pudieron haber existido alternativas para evitar la deportación.
Aquella experiencia despertó en Galván el deseo de comprender las leyes y ayudar a personas que atravesaban circunstancias similares.
Su madre, la mujer que nunca le puso límites
Cuando habla de las personas que más han influido en su vida, Galván regresa constantemente a su madre.
La describe como una mujer extraordinariamente inteligente, trabajadora y con una energía que todavía admira.
Su madre fue la mayor de trece hermanos. Desde niña tuvo que ayudar en el hogar, cuidar a los menores y asumir responsabilidades que limitaron sus oportunidades de estudiar.
Galván considera que, de haber contado con las mismas posibilidades educativas, su madre también habría podido convertirse en abogada o jueza.

Sin embargo, lejos de reproducir aquellas limitaciones, decidió criar a sus hijos de una manera diferente.
«Ustedes pueden ser lo que ustedes quieran. Yo no les voy a poner límites en lo que ustedes deseen ser», recordó Galván sobre el mensaje que recibió de su madre.
Incluso cuando la economía familiar era difícil, su madre insistió en que continuara estudiando, en lugar de abandonar su educación para contribuir con los ingresos del hogar.
Ese apoyo tuvo un resultado que marcó un antes y un después en la historia familiar. Verónica se convirtió en la primera persona de su familia en graduarse de la universidad, según su biografía oficial publicada por el condado King.
Estudió Sociología con especialización en Criminología en Western Washington University y posteriormente obtuvo su título de Derecho en la Universidad de Washington.
Para una joven que había crecido viendo a sus padres trabajar largas jornadas y que conocía las limitaciones económicas de su familia, llegar a la universidad representó una oportunidad que las mujeres de generaciones anteriores no habían tenido.

Hoy, aunque está jubilada, su madre continúa colaborando en algunas actividades de un despacho legal y mantiene una vida activa, con frecuentes viajes.
La jueza reconoce que todavía acude a ella cuando necesita hablar sobre algún problema personal. Su hermana y su hermano también forman parte de ese círculo de confianza.
Cuatro generaciones de mujeres fuertes
La influencia femenina en la familia Galván se remonta mucho más atrás.
Su abuela fue una mujer comprometida con su comunidad y, según recordó, participó en la fundación de una clínica para trabajadores agrícolas en Toppenish.
De ella aprendió que el servicio público no consiste únicamente en ocupar un cargo, sino también en devolver a la comunidad parte de las oportunidades recibidas.
Su bisabuela Gudelia representa otro capítulo de esa historia.
Galván contó que sus antepasados llegaron de Coahuila a Texas después de la Revolución Mexicana. Posteriormente, durante la década de 1940, parte de la familia se estableció en el valle de Yakima.
Recuerda a su bisabuela como una mujer de carácter firme, práctica y profundamente vinculada con las tradiciones mexicanas.
Era curandera, preparaba tortillas a mano y utilizaba una estufa de leña. Galván pasó mucho tiempo con ella durante su infancia y conserva recuerdos de aquella vida familiar.
Las historias de estas mujeres le permiten reconocer una constante en su familia: el talento y la inteligencia siempre estuvieron presentes, aunque las oportunidades no fueran iguales para todas.
El orgullo de ser mexicana
Para Verónica Galván, haber crecido parcialmente en México fue determinante en la manera de entender su identidad.
Explicó que, mientras algunas personas de origen mexicano en Estados Unidos crecen escuchando mensajes que cuestionan sus posibilidades de alcanzar determinadas profesiones, ella conoció desde pequeña a médicos, abogados, científicos y otros profesionales mexicanos.

Esa experiencia le enseñó que las limitaciones no necesariamente están relacionadas con la capacidad individual.
«Es una cuestión de oportunidad, y capacidad y oportunidad son cosas muy diferentes», afirmó.
Su identidad también está vinculada con las lenguas de su familia.
Galván habla español e inglés y considera que mantener el idioma de su infancia es una manera de preservar su historia.
Reconoce, sin embargo, que muchas familias mexicanas perdieron el español debido a generaciones de discriminación lingüística.
Recordó que su abuela creció en Texas en una época en la que los estudiantes podían recibir castigos por hablar español.
También mencionó sus raíces indígenas y explicó que una de sus antepasadas hablaba zapoteco, una lengua que ella no aprendió.
Por eso rechaza la idea de que una persona deje de ser mexicana por no dominar el español.
«Yo conozco mi historia y por eso estoy orgullosa de ella», expresó.
La madre de dos hijos que viven lejos de casa
Más allá de su vida profesional, Galván es madre de dos hijos adultos.
Su hija, de 33 años al momento de la entrevista, vive en Chicago, mientras su hijo reside en Hartford, Connecticut.
Aunque la distancia forma parte de su vida familiar, aseguró que mantienen una relación cercana y que se visitan con frecuencia.
También habló con naturalidad sobre su situación sentimental. Actualmente no tiene pareja y no parece preocupada por encontrar una.

Cuando le preguntamos si estaba buscando una relación, respondió que recibiría lo que la vida le trajera, pero que no sufría por ello.
En su vida cotidiana, la familia sigue ocupando un lugar central. Además de sus hijos y hermanos, mantiene contacto con numerosos primos y familiares tanto en Estados Unidos como en México.
En julio, por ejemplo, viajó a Chihuahua junto con su madre y su hermano para asistir a la quinceañera de una familiar.
Bailar, escuchar mariachis y disfrutar de las amistades
Después de un día difícil, Galván tiene una manera sencilla de desconectarse: pone música y baila.
Puede escuchar a Bad Bunny o cualquier otro artista que le provoque ganas de moverse. Incluso disfruta bailar sola en casa.
También le gusta leer libros que no tengan relación con las leyes y ver películas, especialmente las del cine mexicano de la época de Pedro Infante y Jorge Negrete.

Las canciones de mariachi ocupan un lugar especial en sus recuerdos. Parte de la familia de su padre está integrada por músicos y asegura conocer una gran cantidad de canciones tradicionales.
Pero hay otro aspecto de su vida que considera fundamental: sus amigas.
Conserva amistades desde sus años escolares, mujeres con quienes ha compartido distintas etapas de la vida.
Juntas han atravesado la crianza de los hijos, la pérdida de seres queridos, el cuidado de padres mayores y otros momentos difíciles.
También viajan juntas y mantienen una relación que, para Galván, representa una fuente importante de compañía y apoyo.
De la primera universitaria de su familia a jueza en Washington
Aunque la entrevista estuvo centrada en su vida personal, resulta difícil separar su historia familiar de la trayectoria que construyó.
Galván comenzó su carrera como fiscal en Seattle, donde trabajó en casos de violencia doméstica. Posteriormente fue jueza administrativa y, en 2007, llegó al Tribunal Municipal de Des Moines.
Allí puso en marcha un tribunal de infracciones de tránsito con audiencias en español, una iniciativa que, según su biografía oficial, era única en Washington.
En 2014 recibió el premio Juez Excepcional, otorgado por la Asociación de Abogados Latinos de Washington.
El 22 de enero de 2015 asumió como jueza del Tribunal Superior del condado King. Actualmente está al frente de la división de justicia juvenil y trabaja en el Centro de Justicia para Niños y Familias Patricia H. Clark, en Seattle.
Sin embargo, más allá de los cargos y reconocimientos, Galván considera que su historia no puede separarse de las generaciones que la precedieron.
La deportación de su padre, las jornadas de trabajo de sus padres en los campos agrícolas, los sacrificios de su madre y las enseñanzas de su abuela forman parte de la mujer que es hoy.
También reconoce una diferencia fundamental entre las posibilidades que tuvieron sus antepasadas y las que ella encontró.
En apenas una generación, su familia pasó de enfrentar las consecuencias de una deportación a tener una hija que ocupa un cargo judicial.
Para Galván, ese recorrido demuestra lo que puede ocurrir cuando una persona encuentra oportunidades para desarrollar sus capacidades.
Y aunque su vida profesional exige tomar decisiones difíciles, fuera de los tribunales continúa siendo una mujer que disfruta bailar, viajar a México, compartir con sus amigas y mantener cerca, a pesar de la distancia, a su numerosa familia.
¿Dónde nació y creció Verónica Galván?
Nació en Bremerton, Washington, y creció en el valle de Yakima. Durante su infancia también vivió en Chihuahua, México, y alternó períodos de residencia entre ambos países hasta aproximadamente los 14 años.
¿Fue Verónica Galván la primera universitaria de su familia?
Sí. Según su biografía oficial del condado King, fue la primera persona de su familia en graduarse de una universidad. Estudió en Western Washington University y posteriormente obtuvo su título de Derecho en la Universidad de Washington.
¿Qué disfruta hacer Verónica Galván fuera de los tribunales?
Le gusta bailar, escuchar música mexicana, ver películas clásicas, leer, viajar y compartir tiempo con sus hijos, familiares y amigas de muchos años.
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