Washington D.C. – En el corazón del poder estadounidense, un cambio silencioso pero profundo está tomando forma. Altos funcionarios despedidos evitan hablar por temor a represalias, líderes universitarios miden sus palabras para no poner en riesgo sus fondos federales, y ejecutivos de grandes corporaciones optan por el mutismo ante la amenaza de aranceles que podrían afectar sus empresas. Incluso en el Partido Republicano, figuras que históricamente se han mostrado firmes en temas de política exterior ahora evitan mencionar a Donald Trump, especialmente en lo que respecta a su postura sobre Ucrania.
De acuerdo con un articulo del New York Time, desde su regreso a la Casa Blanca, Trump ha dejado claro que su administración no tolerará que le lleven la contra. Medidas como la revocación de credenciales de seguridad y amenazas contra abogados y opositores han enviado un mensaje contundente: desafiar al gobierno puede tener consecuencias personales y profesionales. Esta atmósfera de intimidación ha llevado a que muchos políticos y empresarios reconsideren el costo de expresar sus opiniones, temerosos de convertirse en blanco de ataques en redes sociales o de perder influencia dentro de sus propios círculos.
El Congreso tampoco ha escapado a esta tendencia. Legisladores que antes mostraban una postura crítica han optado por la cautela o incluso por cambiar de opinión tras presiones directas de Trump y su entorno. Un caso ejemplar es el del senador Thom Tillis, quien inicialmente cuestionó la nominación de Pete Hegseth como secretario de Defensa, pero luego modificó su postura tras recibir una advertencia del presidente. En el mismo sentido, algunos senadores que inicialmente expresaron apoyo a Ucrania han borrado sus publicaciones en redes sociales tras el reciente encuentro entre Trump y Volodímir Zelenski.
A pesar de este clima de tensión, hay quienes aún se atreven a desafiar el statu quo. Michael Roth, presidente de la Universidad Wesleyan, ha denunciado lo que considera una amenaza sin precedentes contra la libertad de pensamiento, comparándolo con la era McCarthy. Por su parte, el empresario Mark Cuban ha señalado que el miedo a represalias no es exclusivo de un solo sector político, sino que el clima de polarización ha generado una autocensura generalizada en la sociedad. Sin embargo, estas voces disidentes siguen siendo minoría en un entorno donde el miedo parece dictar las reglas del juego.
Pero este silencio no solo afecta a la política y a los negocios, sino también al debate público en general. La falta de críticas abiertas a medidas controvertidas deja a la ciudadanía con menos información y menos opciones para exigir transparencia y rendición de cuentas. A medida que el gobierno consolida su control y los opositores disminuyen su discurso, la pregunta ya no es quién alzará la voz, sino cuánto tiempo podrá mantenerse este silencio antes de que tenga un impacto irreversible en la democracia del país.
En una nación que históricamente ha celebrado la libre expresión, el actual clima de temor representa un desafío sin precedentes. Mientras algunos intentan resistir, otros optan por el silencio, evitando confrontaciones que puedan poner en riesgo su futuro. La incertidumbre sigue creciendo, y con ella, la incógnita de hasta dónde llegará este nuevo paradigma en la política de Estados Unidos.